Me siento como un avión que va a tomar tierra, cuando empieza a descender, perdiendo altura y se va cada vez más acercando a la pista de aterrizaje.
Mi asignatura para el verano era disfrutar, y me he dado cuenta cómo y cuándo siento el disfrute, y en mi caso es: cuando conecto con la magia de la vida, cuando siento que cualquier acontecimiento es producto de esa magia, cuando dejo de lado mis rumiaciones, cuando estoy tranquila serena y confiada, cuando le doy valor a mi vida, cuando estoy en paz conmigo y con el mundo, así Sí disfruto, así disfruto en libertad.
Son momentos, casi efímeros, sin embargo existen. Y yo los vivo. Más aún, quisiera estar en ese estado las 24h. del día 365 días al año durante toda mi vida.
Sin embargo, ese disfrute coexiste con la tristeza, con la rabia, con la alegría... son emociones que tienen vida propia y en cada instante son y así nos sentimos vivos. Y ellos también cogen su espacio en esas 24h. del día durante 365 días al año. Y esto no es ni mejor ni peor, solo es. Sin embargo, le doy más valor a ciertos estados emocionales que a otros, clasificándolos como buenos y malos, y en esa clasificación cuáles son los que más peso tienen? evidentemente los que yo denomino malos. De esa manera cuando hago el recuento de instantes malos y buenos, la sensación que vivo es que en mi vida hay más instantes malos que buenos. Sin embargo, si hiciéramos un estudio objetivo, ¿cuál sería el resultado? creo que en ese caso mi teoría caería por su peso, peso que yo misma le doy, peso de mi propia interpretación de la realidad. Y... según el observador... así ES la realidad.
Y como podéis observar, esta observadora requiere hacer algunas modificaciones en su mirar, pues así cambiará su realidad. !FELIZ ATERRIZAJE!

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